martes, 4 de noviembre de 2008

"El Recreo de Jacinto" - Capitulo VIII -

".... - Le hablo en serio, señora, creo que sería una buena ocasión para que Jacinto creciera como persona y a su vez mejorasen la situación económica que atraviesan ambos. Le pido que confié en mí, por favor.- apostilló el hostelero buscando la comprensión de Lucía.

Mientras, Jacinto, con una mirada diferente pero sin perder lo especial de la misma, atendía a la conversación sin dejar de ojear nerviosamente una de sus revistas de viaje.
- Piénselo, Lucía, no pierde nada por intentarlo. Si quiere comprobar usted misma lo que puede avanzar Jacinto, le propongo un trato. De momento, que continúe con sus faenas de pastor por las mañanas y que por las tardes pruebe con las tareas que le encomendemos en el hotel.
- No sé qué decirle señor “Germán”.-dijo dubitativa.
- Herman. Me llamo Herman señora.-le corrigió cariñosamente el germano.
- Perdone “Ernám”. Estoy tan llena de temores y cansada de tener que proteger día a día a Jacinto que de verdad que no sé qué contestarle. Déjeme pensarlo.- le contestó Lucía mirándolo fijamente a los ojos.

El alemán aceptó de buen grado su respuesta y se despidió de ella y de Jacinto ofreciéndole a este último que pasara por el hotel en la tarde del día siguiente.

Lucía, tras la marcha del extranjero conversó, utilizando uno de los monólogos habituales, con su hijo, para conocer qué pensaba de aquella propuesta consiguiendo arrancar una leve sonrisa del muchacho al decirle que se presentara al día siguiente en el hotel. Ella con este gesto supo que el trabajo en el hotel podría hacer feliz a su desdichado pequeño..."