martes, 4 de noviembre de 2008

"El Recreo de Jacinto" - Capitulo VII -

"... Al golpear el viejo aldabón, corroído por el paso del tiempo, le abrió el joven Jacinto completamente sorprendido de encontrase cara a cara con Herman en el dintel de su casa. Sin querer asustar al pastor, el rubio lo saludó amablemente.
- Hola, ¿Qué tal estás Jacinto?

Su madre inquieta al no estar acostumbrada a recibir visitas, desde que falleciese su marido, preguntaba una y otra vez a Jacinto desde la mecedora de enea situada junto a la ventana de la sala de estar que estaba al final del pasillo que le dijese quién había llegado.

Tras adivinar en los ojos de su anfitrión que este lo invitaba a pasar sin mediar palabra alguna. Herman se adentró por el acicalado pasillo contagiado por el entrañable olor a puchero recién hecho que impregnaba toda la casa hasta llegar a la habitación donde aguardaba Lucía, que era el nombre de la madre de Jacinto.

Lucía era una mujer que pasaba de los sesenta años, ataviada con un traje largo y medias de luto riguroso cuyo rostro reflejaba una mezcolanza entre belleza marchitada y dolor causado por la situación tan caótica que atravesaba.
- Buenas tardes señora, mi nombre es Herman Schindler. Discúlpeme si irrumpo de esta manera en su casa. Ayer tuve la ocasión de conocer a su hijo y vengo a decirle que me encantaría que aceptase usted la propuesta de trabajo que tengo para él en el hotel rural que regento.- expuso con el acento tan característico que poseía.
- No se burle usted de mí señor “Germán”. -contestó llena de desconfianza Lucía, al no creer que los problemas mentales de su hijo hubieran pasado desapercibidos para aquel gigantón cuyo nombre no había entendido muy bien..."