lunes, 3 de noviembre de 2008

"El Recreo de Jacinto" -Capitulo IV -

"... Junto al cancel y rodeando todo el perímetro de la finca había una cerca bien florida donde las buganvillas y chumberas se combinaban a retazos ganando una considerable altura.

Con la mirada perdida como siempre y una felicidad inusitada en él, revisó agarrado a aquella verja todos y cada uno de los detalles que encerraba el pequeño Hotel Rural que tenía frente a sí. Dos grandes farolas de forja verde carrocería escoltaban la puerta de la singular edificación y junto a ellas dos colosales macetones de cerámica azul cobalto con sus bordes en blanco roto de cerámica trianera hacían majestuosa aquella entrada. Los ventanales del bajo y los balcones de la única planta superior estaban decorados con pleitas de esparto malagueñas ganando con ello un aspecto completamente diferente a las casas que había visto siempre en el pueblo.

Encajando su afinado rostro entre los hierros de aquella fría puerta pudo contemplar a la derecha de la casa grande una piscina, que si bien es cierto no era exactamente igual a las que estaba acostumbrado a ver en las revistas del viejo Fermín, sí que se le antojaba muy parecida a las que estaban bajo las palmeras del papel cuché. Alrededor del espejo de agua de la alberca se extendía una alfombra ejemplarmente cuidada de césped que hacía resaltar el azul penetrante de la misma dibujando siluetas diversas en las pupilas de Jacinto. Repartidas por doquier hileras de tumbonas añiles se apareaban con sombrillas en crudo conformando un idílico lugar para los sueños de recreo que el joven pastor tenía grabados a fuego en su mente.

Mientras atónitamente contemplaba aquel lugar alguien se acercó por detrás. Era un señor de unos cuarenta años, bien parecido, altísimo y con el cabello dorado.
- ¿Buscas a alguien chaval? – Preguntó el desconocido con acento extranjero.

Jacinto asustado y con cargos de conciencia lo sorteó y huyó con el rostro desencajado a reunirse con sus cabras para echar a andar rápidamente. ... "