viernes, 1 de abril de 2011

"SUEÑOS DE FE"



PRIMER PREMIO, II Certamen Literario de Relatos Breves "El Aguaó de Montellano", ganado por Tomás Prieto Martín.

(Pueden leer el citado relato en los comentarios adjuntos a ésta entrada)

Desde mi rincón agradecer a la organización de dicho certamen, a los compañeros y amigos que se animaron a participar, a los miembros del Jurado y a los seguidores del blog de Salmorelli, la oportunidad de saborear este premio recibido cuando el azahar florece y los corazones se aprientan llegado el tiempo de Cuaresma.

16 comentarios:

salmorelli dijo...

“SUEÑOS DE FÉ”



Una nueva jornada. Unos nuevos argumentos. Una nueva misión que cumplir.
Al caer la noche, sus calles, completamente desiertas, vieron quebrar su silencio noctámbulo por las campanadas de la vieja torre de la Iglesia. Sus aceras, adoquinadas y gastadas por el paso del tiempo, se tropezaban con la penumbra arrojada por los escasos faroles que colgaban de las distantes esquinas, dando lugar a un entramado de efímeras sombras que jugueteando se perdían hasta llegar a la plaza del ayuntamiento. Casas señoriales y humildes. Todas blancas y bien acicaladas. Casas, impregnadas por el aroma a chimenea encendida y por la sutil fragancia de la alucema, que serpenteante se desprendía desde las copas de cisco hasta asomarse por los entreabiertos portones.
El desconocido, salido de la nada, paseaba tarareando las notas musicales de una pieza olvidada ya en el tiempo. Su paso, parsimonioso y decidido, retumbaba por entre las callejas aparentando no llamar la atención de nadie. Tan solo una anciana, con pañuelo negro amarrado a su cabeza, pareció saludarlo con un rápido moviendo de cabeza a su paso, esfumándose por el zaguán de su vivienda.
En la taberna, tan solo quedaban los asiduos clientes, que entre dimes y diretes se afanaban en apropiarse de la verdad y de esa última palabra que sentenciaba cada una de las intrascendentales conversaciones, que mantenían apoyados contra la roída madera del viejo mostrador. La niebla, espesa, áspera y fría, servía de telón de fondo a esas intensas lluvias acaecidas durante los últimos días. José, el tabernero, con el paño al hombro y tiza sobre la oreja, terminaba de sacar ensimismado lustre a la cafetera sin mediar palabra alguna.
Al cabo de un rato, el desconocido, un señor de mediana edad, alto y elegante, de pelo cano y sonriente, entró en la tasca frotándose las manos, para mitigar el frío a la vez que saludaba a la concurrencia de manera amistosa. José, devolvió el saludo casi mascullando al tiempo que levantaba su mirada hacia el

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reloj de pared que colgaba entre varios cuadros de imágenes de santos, suspirando al comprobar que se iba a demorar una vez más la hora del cierre de su negocio.
Antonio, Fernando y Anselmo, “el tosco”, correspondieron también a su saludo, pero de manera bien diferente. Como si para ellos acabase de comenzar la jornada y no tuviesen prisa alguna por regresar a sus hogares.
Alejado de la reunión de los tres amigotes, el forastero, tomo asiento en uno de los taburetes más cercanos al hermoso mosaico que conformaban los cuadros que adornaba la pared lateral de la taberna.
- Vaya, parece que viven bastante la Semana Santa en éste lugar.-dijo, dirigiéndose a José, mientras Antonio, el de la mercería , acostumbrado al chismorreo de su tienda, intentaba pegar su oído.-
- Así es.-contestó tajante el tabernero, mostrando sus pocas ganas de conversación.- ¿Qué le sirvo al caballero?
- Póngame una copa de vino e invite también a los señores.-contestó, gesticulando con su mano hacia el grupo.-
Contrariado y con paso cansino, José se acercó a su clientela para informarles del gesto del recién llegado. Estos, agradecieron al unísono la invitación, apurando la copa que tomaban para que fueran colmadas de nuevo.
- ¿Y a usted, le gusta la Semana Santa? –preguntó el mercero queriendo entablar conversación.-
- Más bien le diría amigo, que me fascina. ¿A usted no?
- ¡Ea!, ya tenemos aquí otro capillita.-indicó “el tosco”, adelantándose en contestar.-
- Lo soy, si es así como quiere calificar usted este sentimiento que recorre mi cuerpo.-contestó.-

salmorelli dijo...

- Perdone amigo, no he querido ofenderlo.- contestó el “tosco”, al que había traicionado su subconsciente.- Mi nombre es Anselmo Ramírez.-añadió, alargándole la mano.-
- Pedro, encantado.-contestó, estrechando su mano.- Y no se preocupe hombre, no tiene porque excusarse. ¿A usted le gusta bien poco por lo que puedo apreciar?
- A mi…verá…
- Diga que no, que sí que le gusta. Solo quiere llevar la contraria a los demás.-intervino Fernando.- Mire usted, toda su familia pertenece a la hermandad del Jueves Santo, y hasta él salió de pequeño de nazareno.-añadió-
- Bueno, eso es cierto…pero uno se hace mayor…y lo que antes parecía que… ya no cala en mis sentidos…
- ¿En sus sentidos dice? oiga bien lo que voy a contarle y luego objete cualquier otra cosa para no sentir en su interior ese espíritu cofrade, que nos invade al llegar la cuaresma.-contestó el forastero acercando su asiento a la reunión.-
- Bien, le escucho. José, llena aquí.-indicó el “tosco”, con el que ni sus propios amigos compartían los motivos que lo llevaban a sentir esa animadversión por el mundo cofrade.-
El recién llegado, comenzó su exposición intentando ceñir, una por una, sus palabras a los cinco sentidos que gobiernan el existir del ser humano, Intentando buscar nexos de unión que justificasen lo que significaba vivir la pasión de Cristo, según la extraña particularidad de cada rincón de la geografía. La Semana Santa, según Sevilla. Deseaba que el “tosco”, se sintiera gratificado por esos sentimientos difíciles de explicar y difíciles de comprender. Pero, para ello se había desplazado hasta aquella pequeña localidad. Esa era su misión.

salmorelli dijo...

- El azahar florido, ensalzado por el dulce aroma del incienso. Ese olor a cera fundida en candelarias interminables, que con gracia se mueven en las traseras de los palios. La esencia de esa madera siempre viva que el costalero absorbe a través de los respiraderos tallados de un paso de Cristo o de misterio. La extraña fragancia que destila el antifaz del penitente en la más absoluta de las soledades… Estas, son solo unas pequeñas muestras de cómo se puede premiar nuestro olfato de una manera diferente.-explicó haciendo una pausa.-
- Por favor, prosiga.-indicó el “tosco” interesado.-
- Los sones de una banda de música… tristes, alegres, regios, solemnes…, el chirriar de un portalón segundos antes de poner una procesión en la calle, el rachear unísono de una cuadrilla comprometida y que sabe andar, el crujir de unas trabajaderas abrazadas a los cuellos de los hermanos costaleros, ese halo de suspiros que se funden en una levantá, el compás del roce de las bambalinas o el sonido del martillo de metal. El sonido a fragua de una pértiga cuando llama al cuerpo de acólitos o esos rezos, susurros de promesas que les dispensan al pasar. ¿En verdad piensa usted que no queda su oído recompensado con tanta música celestial?
Y si del tacto hablamos, amigo, ¿ha comprobado alguna vez en sus manos o en sus pies lo que le voy a contar? Esa fina capa de cera derretida durante la estación de penitencia convertida en compañera del Nazareno o en pavimento sedoso que descalzo acaricia al pisar. La aventura espiritual del capataz cuando siente la frialdad del llamador en su mano o el pulido metal del respiradero al acercarse a pedir ese último esfuerzo a los miembros de su cuadrilla. Sentir la fina caña entre las manos que sirve para iluminar con destreza el rostro de nuestra madre. Encontrar alivio en el tacto de esas maderas sin terminar que conforman las trabajaderas de una parihuela o rozar furtivamente el terciopelo de un manto para dejar prendidos en él nuestros ruegos. Todo ello, Anselmo, son solo trazos del disfrute de nuestro tacto cofrade.-añadió Pedro tomando un sorbo de vino.-
En la taberna, tanto clientes como tabernero escuchaban ensimismados los argumentos del forastero, y hasta el “tosco”, sumido en un silencio sepulcral,

salmorelli dijo...

dejó volar su memoria atrás, recordando con las pinceladas del desconocido los momentos en que de la mano salía de penitente junto a su padre.
- Si queréis entender del sabor que encierra nuestra Semana Santa, pensad en esos platos tan diferentes que con tradición conservamos. Pensad en esa cocina entrañable donde nuestras madres cambiaban su rutina culinaria. Potajes y dulces, todos diferentes para la ocasión. O preguntad al nazareno a que saben esos caramelos que endulzan el esfuerzo de su estación de penitencia. Saben diferente. Preguntad al costalero a que sabe el agua que refrescada en un jarrillo de latón sirve para aliviar su sufrimiento. Y si os quedaba por sentir con vuestros ojos, descorred ese velo polvoriento de vuestras mentes y descubrid esa película que cada año queda grabada a retazos en ellas. Ilusiones, promesas, sacrificios…ese gesto oculto entre la multitud de verdadero fervor o penitencia. Como veis avanzar esas hileras de capirotes de manera majestuosa. Como gana metros el rachear abierto de la cuadrilla del paso del Señor o como se para el tiempo dulcemente en la eterna revirá de un palio en una esquina. En esa esquina. En esa precisa esquina que te hizo suspirar aliviado por el entre rozar de varales en los balcones de aquella calleja.
¿Y usted dice que no encuentra sentido a mi sentir?
El silencio se hizo de nuevo en la tasca, y unas tímidas lágrimas resbalaron por las mejillas de José, el tabernero, que con disimulo secaba con el trapo. Fue entonces, cuando el “tosco” se puso en pie para acercarse a tan solo un palmo del forastero con la intención de contestarle ante la atenta mirada de sus amigos.
- Ha explicado usted con entusiasmo lo que para usted significa la Semana Santa, y créame que respeto sus palabras. Siento mi metedura de pata a su llegada. De verdad, lo siento. Pero ahora le pido que tenga la amabilidad de escucharme a mí, y quizás comprenda que se mejor que nadie de lo que me habla.
- Por favor no se excuse. Le escucho.-contestó solícito el forastero.-

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- Bien, es cierto como dijo el amigo Fernando, que mi familia siempre fue cofrade y que hasta yo pertenecí durante años a esa misma hermandad. En ella, pase toda mi infancia y parte de mi juventud. Volcado no solo en enfundarme la túnica de nazareno el Jueves Santo, sino participando activamente, durante todo el año, en las decenas de actividades que se organizaban en torno a ella. En todas esas actividades que a veces pasan desapercibidas para el resto de hermanos o de vecinos.
- ¿Y que le sucedió, Anselmo?
- Déjeme contárselo. Todo cambió a raíz de un sueño.-contestó, el “tosco” pidiendo con su mirada la comprensión del forastero.- Un sueño inconcluso que se repetía y se repetía continuamente en mis noches durante años.
- Por favor, no tema que vaya a burlarme y hable con tranquilidad.-indicó el forastero al ver que el “tosco” parecía algo incomodo.-
- En aquél sueño. Yo…-continuó suspirando.- terminaba de colocar junto a otros hermanos los claveles del monte del Señor. Todo se ultimaba aquella noche de miércoles santo y la capilla era un hervidero de gente. De repente, todos los hermanos desaparecían inexplicablemente de la capilla y me encontraba completamente solo a los pies de Jesús Cautivo.-explicó el “tosco”, parando para examinar la atención que le prestaban. La garganta se le secaba tan solo al recordarlo.- Me resbalaba y no llegaba a poner esos claveles rojos que debían rozar sus pies. Entonces, ante aquél banal esfuerzo, siempre parecía tomar vida uno de los angelotes que portaban los faroles que lo flanqueaban y dirigiéndose a mí, me decía “…dámelos, yo los colocaré a sus pies”. Siempre lo miraba fijamente y me sonreía alargando su pequeño brazo. Su cara, aún la recuerdo. Imposible olvidarla. Con esfuerzo, le acercaba las flores y éste las dejaba caer a los pies del Señor. Años más tarde deje de soñar con ese ángel y mi madre dio a luz a un niño. Mi único hermano. La gente decía que se trataba de un milagro. Casi dieciséis años más chico que yo. Parecía mentira que Dios premiara a mi familia

salmorelli dijo...

con aquel juguete y que en su contra, sin apenas cumplir los dos años, nos lo arrebatara de manera miserable. Aún en su cuna, recuerdo su mirada bajo los efectos de la fiebre que estremecía su cuerpecito y en el gesto de su cara y en su mirada hallé aquella sonrisa angelical que durante años solicitaba que le acercara los claveles para adornar el paso. Desde entonces, deje de acercarme a las iglesias y renuncie a esa fe ciega que sentía por Dios. Y aunque sé, mi querido amigo, que mi hermano lo acompaña en cada tarde de jueves santo, portando una entorchada vela roja, soy incapaz de salir a su paso. Solo es eso.
Los amigos y el tabernero quedaron sin palabras. El mercero, recogiendo sus lágrimas con el puño de su camisa, recordó aquél episodio enterrado ya en el tiempo, echando su brazo por encima del hombro del “tosco”, que mordiendo sus labios observaba como el forastero fruncía el ceño con cierta pena.
- Lo siento, de verdad, crea que lo siento. Ahora, Anselmo, puedo entender tu enojo y repulsa, aunque…perdona que no pueda compartir tus sentimientos.-expuso, Pedro.-
- No busco su comprensión, amigo.
- Pero yo si busco que aclares esas dudas que te atormentan. Me hablas ahora de sentimientos y atrás has dejado aparcado el sentir cofradiero.-contestó el forastero.- Culpas a Dios, pero sabes bien que no has de hacerlo.
- ¿Y quien es usted para decirlo? –reprochó el “tosco”, apurando su copa de un trago.-
- Quizás no sea nadie o quizás “alguien” me guió hasta aquí. Quizás, simplemente no me entiendas, pero te ruego que me escuches.-contestó de nuevo aquél desconocido al que le sobraban el resto de los allí presentes.- Reniegas de Dios porque se llevó con él a tu hermano pequeño, aunque existe algo dentro de ti que se resiste a enterrar su presencia. La presencia de ese pequeño que aparecía en tus sueños… Pero… recapacita. ¿No es posible que ese Dios quisiera tener cuanto

salmorelli dijo...

antes a ese ángel a su lado? ¿No es estar junto a El nuestro mayor premio como cristianos? No juzgues a quien es toda bondad, solo El, sabe lo que es mejor para nosotros.
Terminando de decir esas palabras, Pedro tomó al “tosco” por sus antebrazos. Éste quedo fijo mirando a los ojos del desconocido y el resto de los allí presentes parecieron quedar inmóviles y absortos de la escena que se estaba desarrollando en la taberna. A través de sus pupilas, Anselmo el “tosco”, vio la estampa sonriente de un querubín que feliz lo miraba complacido. Era la imagen de su hermano portando un ramillete de claveles rojos. Tras él, una nebulosa silueta vestida de color morado parecía agacharse para tomarlo en sus brazos.
A continuación, una portentosa nube de incienso cubrió la taberna y las vidas de aquellos hombres cambiaron para siempre. Nada de lo sucedido aquella noche del Miércoles de Ceniza de aquél año, trascendió al resto de los habitantes de aquella pequeña localidad. Anselmo Ramírez, “el tosco”, se convirtió en hermano mayor de la hermandad del Cautivo, hasta que pocos años más tarde falleciera sin padecimiento alguno, dejando escrito en sus reglas, que jamás faltaran del altar mayor junto al Señor los pequeños angelitos que acompañaban su transitar en las tardes de cada Jueves Santo.


Hay quién dice no entender lo que siente el cofrade en su corazón, ni que le empuja a vivir con tanto ímpetu la Pasión de Cristo. Es tachado de capillita e incluso de fanático, dejando atrás su labor pastoral como seglar dentro del seno de la Iglesia, pero quizás sea un estado de gracia con el que solo son bendecidos unos cuantos de escogidos. O simplemente, quizás el espíritu cofrade los visitó en alguna ocasión.
SANEDRÍN

Mary dijo...

felicidades Tomás por tu muy merecido premio...felicidades por tan bonito relato...felicidades por ser una vez más el mejor¡!

GRACIAS POR COMPARTIR TU ILUSIÖN Y ALEGRIA,

enhorabuenaaaaaaaaaaaa¡!

Un bacio,CAMPEÖN¡!
TE QUIERO AMIGO

gonzalo dijo...

GRANDE, eres muy GRANDE quillo,la madre que me pario, pues no que me he emocionado y todo,me has hecho recordar cuando de niño veia pasar a mi padre y mi tio llevando al GRAN PODER y este me subia encima para poder tocarlo. Que en gloria esten los dos. gracias tomás.
mi enhorabuena y un grandisimo abrazo, amigo.

annasunn dijo...

FELICIDADEEEES! Es precioso..imposible no emocionarse al leerlo."La Semana Santa se vive con los 5 sentidos"
Un beso

asun dijo...

Que emotivo relato Tomas ,que sentimiento tan grande y tan lleno de amor deben de sentin los cofrades llevando al Nazareno Feñicidades por el merecido premio Un gran abrazo amigo muxus

Liliana G. dijo...

¡¡Felicidades Tomás!! Un reconocimiento más en honor a tus letras.
Genial cuento, bien merecido el premio. Que sean muchísimos más querido amigo, de todo corazón.

Un beso enorme.

azahar dijo...

Enhorabuena!!!, es precioso, y como siempre me ha encantado y me ha enganchado a seguir leyendo sin parar. De nuevo como siempre me ha faltado 200 paginas mas para saciarme.
Un besooo grande y felicidades "Mi Contraguia"

melek dijo...

Felicidades Tomás, es un premio super merecido. Yo lamentablemente no vivo la semana santa con esa ilusión con la que la vivis vosotros.Pocas procesiones por no decir ninguna he visto.Ese sentimiento y dedicación siempre he pensado que es desmesurada.Siempre he pensado que El me ha castigado por no tener esa fe como vosotros le dedicais.Con este relato te hace pensar....Que estamos aquí por algo....Yo llevo un tiempo que no paro de darle gracias por muchas cosas que últimamente me ocurren, y todo ese odio o rabia que le tenía ha sido infundado.Un abrazo

temple dijo...

ENHORABUENA Tomas por otro premio literario, desde aqui un fuerte abrazo hermano